Una noche en Ilakaka



Las piernas de Bika, la hermana pequeña y malgache de Tia Carrere, eran perfectas, dóciles y jóvenes; me encantaba su color, ese tono hindú oscuro que la hacía más novedad. Y olía bien, a jabón barato mezclado con sudor limpio. Estábamos los dos sentados, uno encima del otro con el paisaje de fondo mientras nos reíamos mirándonos a los ojos, sin saber qué decir pero felices por estar allí, solos y sin entendernos.

La besé en los labios, ella abrió los suyos y noté su saliva fresca; recordé como había leído en alguna parte que aquello era síntoma de que estaba especialmente predispuesta. Y notarlo me gustó más que saberlo. Sin dejar de besarla, le levanté la camiseta y toqué sus caderas con la punta de mis dedos; ella soltó un tímido suspiro mientras mis manos subían serpenteando hacía arriba.

-Cesarín…

Con los ojos cerrados, maldije de pensamiento a mi hombre en Madagascar; al abrirlos vi como allí estaba él, a unos pocos metros de nosotros plantado como un baobab más del paisaje.

-Nos tenemos que ir yendo. Ilakaka está todavía lejos y queda mucho rato de carretera. Siento cortarte el rollo pero… hay que pirarse.
-No me jodas, Joselín. Ahora no.

Él me miró innegociable. No había opción. Teníamos que irnos. Ya.

Bika me miraba sin entender. Yo resoplé por no empezar a despotricar y me reincorporé cogiéndola de la mano; ella pidió explicaciones y al tenerlas en su idioma, una mezcla de tristeza y frustración se coló entre sus ojos, una mirada que yo lucía desde que había escuchado la voz de Joselín.

Caminamos hasta el jeep sin soltarnos de la mano, en un silencio pesado; parecía que nos iban a dar garrote al llegar al coche. Ajeno a nosotros dos, Joselín iba delante abriéndose paso entre los chavales de la Escuela de los Zafiros mientras les grababa con la cámara, pero yo no le prestaba atención. A esas alturas el programa me la soplaba; con todo lo que habíamos grabado hasta entonces tenía material de sobra, incluso para tres temporadas. Sólo me centraba en las piernas de Bika, en sus pies sobre esas chanclas de caña, me imaginaba su espalda desnuda, veía su cuello y sus labios frescos y jóvenes que se iban a quedar allí para siempre, enmarcados en un recuerdo mal rematado. Ella era perfecta, la tenía de la mano y se me estaba escapando.

Joselín se metió en el jeep y me habló mientras arrancaba el motor.

-Venga despídete que a lo mejor en Ilakaka te cortan el cuello. Así que aprovecha.

Miré a Bika por última vez. Ella me abrazó con ansias; noté como estaba temblando. La rodeé como pude, ella me dio un tímido beso en la mejilla y salió de allí corriendo, ocultando unas lágrimas que a mí comenzaban a invadirme. Me quedé plantado mirando como su cuerpo y ella se alejaban de mí para siempre.

Resoplé con fuerza intentando tranquilizarme. Pero aquello no funcionó. Me giré y vi a Joselín; seguía en el interior del coche, agarrado al volante y esperando a que yo subiera.

-Me cago en la puta, ¿pero tú sabes la cortada de rollo que me acabas de meter?
-No me he dado cuenta que teníamos que salir tan pronto, Cesarín... No te enfades, hombre. Si no pasa nada, si hay mucha tía guapa en este país...
-Los cojones, ¿me oyes?: los cojones.

Me subí en el jeep y cerré de un portazo.

-No le des tan fuerte, a ver si me lo desmontas…

Yo no dije nada. Mi hombre en Madagascar arrancó y durante los primeros sesenta kilómetros estuvimos en silencio mientras Bika se quedaba atrás por siempre jamás e Ilakaka, cada vez, estaba más cerca.
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